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sábado, 22 de agosto de 2026

QUERIDA MÍA...


Ya no hay sangre. La tierra, sorbo a sorbo, se la ha bebido, empapando mis ropas y mis huesos. El recogido de mi pelo, deshecho ya sobre la nuca, se mezcla con los terrones ensangrentados, formando hilos que se enredan entre sí. 

En el momento de la descarga, mi cuerpo ya sin vida cayó sobre otro. En la saca de esta noche, ante tanto terror, algunos se abrazaron llorando. Yo quise mantenerme firme y mirar a los ojos de los que nos dispararon. Podía oír cómo reían y gritaban los del pelotón, pero también sentía cómo temblaban sus manos antes de apuntar y afinar el tiro. Algunos vomitaron viendo cómo caíamos a la gran fosa. Por mucho alcohol que llevaran en sus venas, formar parte de la matanza los sacudía.

Aún caliente, mi cuerpo recibió al niño que cayó tras de mí. Lo acogí como la madre que soy, en un abrazo ya eterno. Su sangre se fundió con la mía y juntos cerramos los ojos ya para siempre. Jamás pensé que la crueldad llegara a tanto.

[…] Muero convencida de que cambiaremos el mundo. Nuestras ideas prevalecerán por encima de la muerte y la barbarie. 

Pensad en mí.

No me olvidéis. 

Juntas somos la sal de la tierra.


domingo, 4 de agosto de 2013

donde gira la vida...


Seguramente ahora lo veo con los ojos nublados por la nostalgia, pero me atrevería a decir que aquel barrio, su configuración, el carácter de su gente, las tormentas sociales de aquel tiempo y de aquel país, la caída de la luz entre los balcones llenos a reventar de ropa sin vergüenzas, las barcas tendidas delicadamente sobre la playa, o incluso los viejos paquebotes y mercantes moviéndose agónicos por el puerto, lanzando los profundos aullidos de sus sirenas… todo ello era un magnífico decorado para que cuatro niños dejáramos allí la huella de nuestras vidas. Bien mirado, el barrio, la ciudad, el país, eran como un grandioso y pintoresco escenario donde cada uno de nosotros tendría que representar su papel, como  una obra de teatro que, como pasa con las grandes piezas dramáticas, acabó por engullirnos a todos. Sin nuestro barrio, el mar no habría sido nunca de la ciudad, quizá un incidente orográfico que algún poeta habría aprovechado para perfilar versos suaves de lirismo tronado. El mar en Barcelona únicamente latía por un corazón, y ese era nuestra barriada… Todos los aromas del mar estaban allí, en nuestro barrio, suspendidos en el aire  y siempre a punto para que cualquier brizna de viento los hiciera circular por el entramado de callejuelas, entrar por las diminutas puertas de las casas, ascender por las escaleras humildes y oscuras hasta nuestros pisos, donde penetraban y poseían objetos, armarios, alfombras, sábanas… Pero por encima de todo nos poseían a nosotros. […] Y hasta hoy, cuando hace tantos años que no lo piso para no lagrimear y echar a perder la nitidez de los recuerdos, la Barceloneta sigue siendo para mí el lugar donde gira la vida.

sábado, 22 de junio de 2013

no me queda otra que soñar…


Tras horas de caminata por las laderas más escarpadas de los bosques marroquíes que bordean Melilla, en medio de lo más sombrío, abrupto y yermo de las lomas, por un momento tienes la sensación de estar en un hogar, de sentirte como si departieras en casa de un familiar. Alrededor, más de doscientas historias cargadas a la par de miseria y esperanza; más de doscientas vidas que esperan su momento para jugársela a cara o cruz cruzando una injusta valla. La artífice de este milagro es Aissatou, la única mujer de todos los campamentos del monte Gurugú… La vida de Aissatou es una verdadera historia de superación; un tener que reinventarse a cada contratiempo que la subsistencia le ha ido poniendo en lo largo de su arduo caminar. Según nos cuenta, es liberiana de nacimiento, huye a Costa de Marfil con tan sólo siete años después de que sus padres fueran degollados en su presencia. Huérfana, pobre y refugiada, sufre abusos constantes hasta que siendo adolescente conoce a su marido, un militar con el que se casa en un país inmerso en una encarnizada Guerra civil. Estando embarazada del cuarto hijo, se desata la Segunda Guerra Civil marfileña. Una cruel batalla racial en la que Aissatou quedará viuda. Se acababa de quedar sola con un bebé recién nacido, que ya no conocería a su padre, y con otros tres chiquillos de corta edad. Carecía de ingresos, no había quien pudiera ayudarle y el desasosiego constante de que alguna de las masacres que se sucedían en todo el país pudiera hacer más daño a los suyos rondaba su cabeza día y noche. Así que vendió lo poco que tenía y se dispuso a realizar un largo viaje: “No quería que mis hijos vivieran lo que yo viví. No quería que acabaran como su padre. Puede parecer irresponsable estar ahora aquí pero estamos vivos y muy cerca de nuestros sueños. Si nos hubiéramos quedado, a lo mejor ahora no podría estar contándolo”. Salió de Costa de Marfil y durante veinticinco días recorrieron media África hasta llegar a Rabat. Y así es como hace casi cinco meses Aissatou y sus pequeños terminan llegando a los refugios en donde los subsaharianos varones esperan para poder cruzar la valla de Melilla. Todos se preguntan: ¿Por qué no fue a los campamentos que hay alrededor de la ciudad de Nador donde están instalados las mujeres y los niños? La respuesta es tan sencilla como demoledora: “Mi intención es llegar a Melilla. Sé que no puedo saltar la valla y menos con cuatro hijos, pero tampoco puedo pagar una patera o un coche para pasar la frontera y no estoy dispuesta a venderme para lograrlo. Sólo quiero que mis hijos tengan un futuro y disfruten de una vida digna que yo no he podido tener y que ahora mismo no puedo ofrecerles. Espero que algún día Europa le devuelva a mis hijos todo lo que África me ha ido robando”. “Sueño con un futuro mejor, no me queda otra que soñar y no perder la esperanza. No me queda dinero y no tengo a nadie… Sólo quiero lo mejor para mis hijos y hago lo que haría cualquier madre: no dejar de luchar”.