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jueves, 27 de diciembre de 2012

el mundo que resurge…


Anticiparon, antes que nadie, la serie de crisis que se han venido sucediendo y la destrucción que traerían consigo en las clases políticas, en el país mismo, en el tejido social… Abrieron con vigor y lucidez opciones de cambio, sin dogmatismos ni imposiciones. El nuevo llamado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) necesita ser escuchado por cuantos intentan, desde abajo, resistir el horror dominante y crear otra posibilidad. Ojalá lo puedan escuchar hasta aquellos que abrigan aún la fantasía de que podría bastar un golpe de urna para remediarlo todo, quienes sólo pueden pensar y organizarse dentro del marco de los partidos y las instituciones y aún creen que el anticapitalismo es una mala palabra. Pero mientras resulta inevitable escuchar el estrépito del derrumbe del mundo que muere, entre otras cosas porque el ruido abarca todo y se padece cotidianamente en carne propia, no pasa lo mismo con el estruendo del mundo que resurge. Para escucharlo se necesitan otras orejas. No estamos ante una variante más de lo que conocemos. No es otra vuelta de tuerca, un recodo más de un camino conocido. Es una novedad radical. Sus profundas raíces en el pasado no se dedican a reproducirlo o a realizar, aún peor, el intento imposible de regresar a él. Es otra cosa. Sólo así, desde la disciplina orgánica, la que se teje desde abajo por la propia voluntad, es posible plantearse la eliminación del poder y la autoridad coercitivos, la condición en que se usa la posición jerárquica para imponer una acción… Como dijeron hace tiempo Chomsky, Wallerstein, González Casanova y muchos más, la iniciativa política de los zapatistas es la más radical del mundo y probablemente la más importante. Lo fue ayer, aquella noche del primero de enero de 1994, que detonó una ola de movimientos antisistémicos en el mundo entero y nos despertó. Lo sigue siendo hoy, cuando resultan nuevamente fuente de inspiración para hacer lo que hace falta. Ha llegado el fin de una era. Las pruebas se acumulan todos los días. Nada podrá impedir su conclusión. Pero adquirirá una forma apocalíptica, profundizando la inmensa destrucción natural, social y cultural que ha estado caracterizando su agonía, a menos que seamos capaces de resistir tal horror. Y en estas circunstancias, la única forma válida y eficaz de resistir consiste en crear la alternativa. Nos toca hacerlo. Cada quien en su lugar y a su manera. Necesitamos disolver las relaciones económicas y políticas que nos atrapan en el mundo viejo, conscientes de que la creciente dignidad de cada hombre y cada mujer y de cada relación humana desafía necesariamente todos los sistemas existentes. De eso se trata hoy.
Fuente: Rebelión
Imagen: EWW
 

viernes, 9 de septiembre de 2011

lo que ya existe...

 

Durante más de un siglo los movimientos antisistémicos han forjado sus estructuras organizativas de forma simétrica al capital, a los Estados, los ejércitos y otras instituciones en el sistema que combaten. Aún existiendo una gran cantidad y variedad de “organizaciones” de la clase obrera, de los sectores populares y del campesinado, surgidas de las múltiples necesidades de la vida cotidiana y mimetizadas en ella, la izquierda política y el movimiento social optaron por construir estructuras separadas de esa cotidianeidad. Al hacerlo, no sólo consideran que esas organizaciones tienen escasa utilidad para hacer la revolución y cambiar el mundo, sino que suplantan las formas que se dan los oprimidos para sustituirlas por otras que, paradoja de las luchas sociales, son calcadas de las de los opresores.
En las tres últimas décadas, en América Latina pero también en otras regiones, están cobrando relevancia otro tipo de “organizaciones”, que brotan en la sociabilidad cotidiana de los oprimidos, que están mostrando gran vitalidad al colocarse en el primer plano de las luchas contra el neoliberalismo. Los movimientos sociales más potentes del continente vienen siendo aquellos que potencian “lo que ya existe” en los sectores populares, en vez de buscar moldear sus luchas en torno a formas de organización y de acción ya pre-concebidas y externas a sus experiencias históricas. Esta constatación tiene enormes repercusiones, apenas experimentadas aún, respecto a la forma de concebir la revolución. Es durante las grandes movilizaciones populares cuando los vínculos sociales entre los oprimidos, sumergidos en la cotidianeidad, se vuelven visibles al rasgar el velo  de la indiferencia tejido por la opresión. 
En esos momentos, las relaciones sociales de reciprocidad urdidas durante largo tiempo en la sombra, en espacios lejos de control de los poderosos, salen a la luz del día, despliegan su potencia; el hacer cotidiano subterráneo se ventila entonces en el espacio público. Los nuevos sujetos sociales, urbanos y rurales, se están construyendo en territorios propios, aunque con un desarrollo desigual. La territolización de los actuales movimientos sociales y populares (en particular los movimientos indios de Chiapas, Bolivia y Ecuador, los seringueiros y Sin Tierra en Brasil y Paraguay, los desocupados en Argentina), es el rasgo principal de los nuevos sujetos, lo que les está permitiendo desafiar a los poderosos. En estos territorios controlados por los movimientos, en comunidades rurales y barrios urbanos, se configura una nueva especialidad modelada por la resistencia y la rebeldía de los oprimidos.

Espacios, territorios y regiones: La creatividad social 
de los nuevos movimientos sociales en América Latina