sábado, 12 de julio de 2014

intramuros...


Esta noche estoy solo. Mi compañero (algún día sabrás el nombre) está en la enfermería. Es buena gente, pero de vez en cuando no viene mal estar solo. Puedo reflexionar mejor. No necesito armar un biombo para pensar en vos. Dirás que cuatro años, cinco meses y catorce días son demasiado tiempo para reflexionar. Y es cierto. Pero no son demasiado tiempo para pensar en vos. Aprovecho para escribirte porque hay luna. Y la luna siempre me tranquiliza, es como un bálsamo. Además ilumina, así sea precariamente, el papel, y esto tiene su importancia porque a esta hora no tenemos luz eléctrica. En los dos primeros años ni siquiera tenía luna, así que no me quejo. Siempre hay alguien que está peor, como concluía Esopo. Y hasta peorísimo, como concluyo yo [...] Hace aproximadamente dos meses que no tengo noticias tuyas. No te pregunto qué pasa porque sé lo que pasa. Y lo que no. Dicen que dentro de una semana todo se regularizará otra vez. Ojalá. No sabes lo importante que es una carta para cualquiera de nosotros. Cuando hay recreo y salimos, de inmediato se sabe quiénes recibieron cartas y quiénes no. Hay una extraña iluminación en los rostros de los primeros, aunque muchas veces traten de ocultar su alegría para no entristecer más a los que no tuvieron esa suerte. En estas últimas semanas, por razones obvias, todos estábamos con caras largas, y eso tampoco es bueno. De modo que no tengo respuesta a ninguna pregunta tuya, sencillamente porque carezco de tus preguntas. Pero yo sí tengo preguntas. No las que vos ya sabés sin necesidad de que te las haga, y que, dicho sea de paso, no me gusta hacerte para no tentarte a que alguna vez (en broma, o lo que sería muchísimo más grave, en serio) me digas: "Ya no." Simplemente quería preguntarte por el Viejo. Hace mucho que no me escribe. Y en este caso tengo la impresión de que no hay ninguna otra causa para la no recepción de cartas. Sólo que hace mucho que no me escribe. Y no sé por qué. Repaso a veces (sólo mentalmente, claro), lo que recuerdo haberle escrito en algunos de mis breves mensajes, pero no creo que haya habido en ellos nada que lo hiriera. ¿Lo ves a menudo? Otra pregunta: ¿cómo le va a Beatriz en la escuela? En su última cartita me pareció notar cierta ambigüedad en sus datos. ¿Te das cuenta de que te extraño? Pese a mi capacidad de adaptación, que no es poca, ésta es una de las faltas a las que ni mi ánimo ni mi cuerpo se han acostumbrado. Al menos, hasta hoy. ¿Llegaré a habituarme? No lo creo. ¿Vos te habituaste?
Fuente: Radio Saudade


jueves, 10 de julio de 2014

laberinto de olas…



Llueve a ratos. Diría que hace una tarde maravillosa, si supiera que andas sigilosa y volátil por la casa y afino el oído correspondiente para no perderte, buscarte y quererte más aún si pudiera y siento tus pasos y tus delicados dedos a cada rato sobre el parquet y un deseo irrefrenable de fundirme contigo en el espacio y en el tiempo infinito; para siempre y jamás. Te esperé, me tomé mi tiempo, paciente y casi vencido, durante tantos años y otoños y primaveras voraces. Desde aquellas tardes desgarradas, en las que absorto y desplomado sobre el sillón faraónico de orejas verde; frente al imponente ventanal del salón de Cedaceros, escaparate de un mundo de apenas unos metros; imploraba una mirada furtiva de tus ojos, antes de doblar la esquina y sumergirte por la calle de “los Madrazo”… gacela fugaz y presurosa, abriéndote por el filo del mediodía hacia tus clases de baile. Y ya ves… han pasado algunos años, tantos, que ahora sí, ya nada será lo que fue, ni lo que pudo ser y tú; seguro que ya casi eres abuela, y yo… qué será de mí, que sigo perdido y todavía te quiero.


Fuente: MUJERES
Imagen: Tomas Guijo

jueves, 3 de julio de 2014

las razones del viajero…

Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.

Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin dudas ni banderas.

Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo, un camino de nubes.

Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.

Imagen: Silenzio a ore

sábado, 21 de junio de 2014

una esfera pública comunal…


El intento de desalojo del emblemático centro social okupado barcelonés  ha sido la chispa que ha provocado la reacción solidaria en numerosos barrios y pueblos, no sólo en Catalunya, sino también en ciudades como Donosti, Burgos, Madrid, Se­villa o Valencia. Lugares remotos a los que llegan, sin embargo, las redes de afinidad y los lazos afectivos tejidos a lo largo de 17 años. Han sido muchas las personas y colectivos que se han sentido interpelados porque, de alguna manera, más allá del desalojo y derribo de una casa ‘okupa’, se identifican con el modelo de desarrollo local y comunitario que se está construyendo en Sants. La defensa de los barrios ha encontrado en Can Vies –como espacio físico y relacional autogestionado y rebelde que representa un nodo vital en la red de proyectos locales– un símbolo de la lucha por defender lo común, por proteger un lugar desde donde se practica de manera cotidiana la cooperación social. El barrio de Sants, cuyo nacimiento y desarrollo queda estrechamente vinculado a los grandes vapores de la industria textil de finales del siglo XIX, está situado en la zona sur de la Ciudad Condal. En 1997 se okupó el centro social Can Vies, en pleno auge del negocio inmobiliario. Los jóvenes okupas contaron en el barrio con el apoyo de las dos asociaciones de vecinos más combativas. Se producía así un acercamiento entre diferentes generaciones de activistas del barrio, que encontraban en la denuncia de la especulación la mejora práctica del entorno urbano y la lucha por dotar al barrio de equipamientos municipales y autogestionados, un proyecto común de incidencia en el entorno más inmediato. Desde entonces, la red de colectivos y afinidades que esbozan la Asamblea de Barri de Sants ha ido creciendo, se ha ido dotando de diferentes espacios políticos, sociales y culturales de autonomía. Una comunidad que está vinculada orgánicamente al barrio, el ecosistema social del que brota y donde de­sarrolla numerosos proyectos, y que con los años ha aprendido a diversificar cada vez más áreas de la vida en las que incidir. Can Vies ha visto crecer y formarse al menos cuatro generaciones de activistas, que han encontrado en este espacio una escuela de autonomía, y que más adelante han trasladado los aprendizajes de la autogestión al ámbito de la economía cooperativa. El modelo de desarrollo local del barrio de Sants no es una excepción. Existen otros –muchos– territorios donde las redes locales están echando raíces, generando una nueva esfera de relaciones sociales vinculadas a proyectos comunitarios. De la experiencia destaca en primer lugar la toma de conciencia del enorme valor social que tienen las redes y los equipamientos de gestión comunitaria en la articulación de los barrios. Por otro lado, en los procesos de empoderamiento colectivo que se producen en estos espacios se está gestando y practicando un cambio de actitud en la interlocución con las administraciones. Un cambio de actitud política que pasa por afirmar lo comunal y apostar por la autogestión como alternativa real y legítima a la gestión de lo público.

Elba S. Mansilla
Assemblea Reconstruïm Can Vies
Fuente: Diagonal

domingo, 15 de junio de 2014

la mujer herida...



Solamente si alguna vez amaste
con uñas y con dientes
sin red
sin salvavidas
aciertes a entender el vértigo insondable
que se extiende a los pies del desengaño.

Ella creyó encontrar la fuente del principio
cuando lo conoció, en medio de la tierra,
sin más escudo que su piel de hombre
bruñida por el sol igual que el oro viejo.

Lo amó sin precipicios ni preguntas
tiernamente, en silencio
con esa gratitud voluptuosa
que provoca la lluvia en primavera.

Todo era tan sencillo.

Los versos inflamados de poetas infinitos
parecían seguirla a todas partes
como si el corazón se hubiera convertido
en un fiel animal domesticado.

Porque no existe nada que perdure
una noche aprendió, como tantos lo hicieran
antes y después de ella,
que el amor es un río con cataratas propias
y remansos ajenos
que siempre desemboca en el océano.

Míralo de este modo: la vida te ha enseñado
siguiendo su costumbre de incansable maestra
cómo el alma dibuja
serenas cicatrices sobre viejas heridas.

Imagen: haimak

miércoles, 7 de mayo de 2014

el mundo por montera de manuela...


Padre soy de cuatro libros con éste,
de decenas de canciones ajadas,
de la frustración de un sueño de hadas,
del verso forzadamente agreste,

de una patria sin frontera ni hueste,
de las noches en lid con la almohada,
de las ojeras de la madrugada
y de un pasado de lo que me reste.

Mis besos han adquirido un regusto
peregrino a la miel de la vida,
de horas continuas en duermevela.

La herencia que va a dejar mi busto
es el arca de mi causa perdida
y el mundo por montera de Manuela.

Imagen: raitana_mora

martes, 6 de mayo de 2014

las voces del pamano…


El roce apenas se oyó. Fue como una caricia en la puerta. Se abrió silenciosamente, una mano enguantada retuvo el pomo por dentro para evitar el ruido y volvió a cerrarse con un suspiro inaudible. Una sombra se movía entre las sombras de la casa. Los ojos de Yuri, acostumbrados a la noche, la siguieron en silencio. El recién llegado entró en el estudio. La persiana estaba subida y maldijo de todo. Al otro lado del cristal, la nieve que había dejado un inesperado frente de aire polar enfriaba el paisaje como si fuera una tumba y redoblaba el silencio del panorama nocturno. No se oía ni el rumor del río. Prefirió no bajar la persiana, porque nadie, bajo ningún concepto, debería saber jamás que había entrado en esa casa esa noche.  Con un suspiro de fastidio, el recién llegado se sentó al ordenador, dejó la cartera en el suelo, al lado de la silla, y encendió el aparato… Yuri había seguido al intruso silenciosamente hasta el estudio y, más silencioso aún, lo observaba desde la puerta. El destello azulado de la pantalla llenó la estancia y el recién llegado deseó que la tenue y fría claridad no alcanzara la calle solitaria ni las otras habitaciones de la casa. Un post-it pegado a untado de la pantalla decía: “¡Buenos días! La comida está en el armario de encima de la nevera. ¡Gracias por todo!”. Sacó una caja de disquetes del bolsillo de la parca y, armado de paciencia, empezó a copiar archivos […] Encendió la linterna y la sujetó con la boca para tener las manos libres. Fue muy fácil vaciar las tres carpetas del archivador de la mesa que le interesaban. Eran papeles, fotografías y carpetas de informes. Lo guardó todo en la cartera y cerró el archivador… Antes de marcharse se le ocurrió mirar en todos los cajones, por si acaso. Papeles en blanco, libretas, cuadernos escolares. Y una caja. Al abrirla, el sudor le inundó la frente de golpe. Le pareció oír un suspiro de pena en el extremo opuesto de la vivienda. Cerró la puerta de la casa sabiendo que no dejaba rastro alguno de su paso, que había tardado poco más de quince minutos en hacer su trabajo y que, cuando más lejos le sorprendiera la aurora, tanto mejor. No bien se quedó solo, Yuri entró en el oscuro estudio. Parecía que todo estaba como siempre, pero él tenía una angustia por dentro, una insólita sensación de no haber estado a la altura de las circunstancias.