sábado, 22 de agosto de 2026

QUERIDA MÍA...


Ya no hay sangre. La tierra, sorbo a sorbo, se la ha bebido, empapando mis ropas y mis huesos. El recogido de mi pelo, deshecho ya sobre la nuca, se mezcla con los terrones ensangrentados, formando hilos que se enredan entre sí. 

En el momento de la descarga, mi cuerpo ya sin vida cayó sobre otro. En la saca de esta noche, ante tanto terror, algunos se abrazaron llorando. Yo quise mantenerme firme y mirar a los ojos de los que nos dispararon. Podía oír cómo reían y gritaban los del pelotón, pero también sentía cómo temblaban sus manos antes de apuntar y afinar el tiro. Algunos vomitaron viendo cómo caíamos a la gran fosa. Por mucho alcohol que llevaran en sus venas, formar parte de la matanza los sacudía.

Aún caliente, mi cuerpo recibió al niño que cayó tras de mí. Lo acogí como la madre que soy, en un abrazo ya eterno. Su sangre se fundió con la mía y juntos cerramos los ojos ya para siempre. Jamás pensé que la crueldad llegara a tanto.

[…] Muero convencida de que cambiaremos el mundo. Nuestras ideas prevalecerán por encima de la muerte y la barbarie. 

Pensad en mí.

No me olvidéis. 

Juntas somos la sal de la tierra.


sábado, 18 de septiembre de 2021

el agua que rebosa…

 

No sé dónde volcar el agua que rebosa

del cántaro que traigo entre mis brazos

tratando de que no se me derrame;

no quiero que se pierda sin provecho

ni que caiga en un suelo pedregoso

donde la seque el sol sin miramientos.

 

Quiero que al menos deje alguna huella

algún surco en la tierra

donde pueda prender algún recuerdo,

una sombra de dicha momentánea;

que acaso dé cobijo a una flor imposible

o a unas migas de pan para los pájaros.

 

Imagen: Framepool

sábado, 17 de abril de 2021

bajo el alba del desierto...

 

Después de la tormenta de arena

te levantas, bajo el alba del desierto,

y te vas, cargando a lomo el peso del exilio,

sacudiendo el polvo, que niebla con catarata

tu nostálgica mirada.

Allí estás tú mujer, contra el viento y su

desaliento,

mazando con amor la gracia de nuestra

vitalidad.

 

Al atardecer, ya fatigada pero a la vez

gentil y gallarda, te vas,

dejando huellas de sonámbula,

hundiéndote en la arena,

para encontrarte con el ocaso,

Y con alivio, te sientas a evocar

tu horizonte.

El ocaso está gris, está amarillo, está rojo,

allá todo está mezclado, acribillado por el

siroco

de sangre,

por tormentas de polvo y pólvora.

Y tú, mujer, percibes que tu ayer y tu presente

será igual que mañana.

 

Y te vas, de vuelta

dejando estelas de sueños

y sombras agitadas junto al viento.

Mientras, despiertan tus huellas

para encarar la próxima tormenta

que a tus ojos se aproxima.

  

SALEH ABDALAHI HAMUDI

 Imagen: EL PAÍS

jueves, 4 de junio de 2020

mascarones de proa...

Me hundo y luego vuelvo a renacer de nuevo.
No pueden las tormentas con mi rostro y su pena.
Navego mar adentro.
Me tragan los abismos
y resurjo de nuevo sobre el mar y las olas.
Yo soy insumergible.
Como esos mascarones de los barcos antiguos
que navegan soberbios del tajamar en lo más alto.