Mostrando entradas con la etiqueta sueños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sueños. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de abril de 2021

bajo el alba del desierto...

 

Después de la tormenta de arena

te levantas, bajo el alba del desierto,

y te vas, cargando a lomo el peso del exilio,

sacudiendo el polvo, que niebla con catarata

tu nostálgica mirada.

Allí estás tú mujer, contra el viento y su

desaliento,

mazando con amor la gracia de nuestra

vitalidad.

 

Al atardecer, ya fatigada pero a la vez

gentil y gallarda, te vas,

dejando huellas de sonámbula,

hundiéndote en la arena,

para encontrarte con el ocaso,

Y con alivio, te sientas a evocar

tu horizonte.

El ocaso está gris, está amarillo, está rojo,

allá todo está mezclado, acribillado por el

siroco

de sangre,

por tormentas de polvo y pólvora.

Y tú, mujer, percibes que tu ayer y tu presente

será igual que mañana.

 

Y te vas, de vuelta

dejando estelas de sueños

y sombras agitadas junto al viento.

Mientras, despiertan tus huellas

para encarar la próxima tormenta

que a tus ojos se aproxima.

  

SALEH ABDALAHI HAMUDI

 Imagen: EL PAÍS

sábado, 24 de febrero de 2018

mientras piensan sus sueños...



Me gustan las mujeres que tienen invierno 
y resisten el frio sin perder la calma 
mientras piensan sus sueños 
con la paz de las nieves que esponjan la tierra 
para la lluvia fina 
y preparan el alma y en silencio la siembran…  

en “Todas las formas de decir tu nombre”
Imagen en: leotextosconbuga

viernes, 29 de noviembre de 2013

cantos rodados...

Escucho el rodar de los cantos:
canción del río como un coro de piedra.
En la orilla

 tiembla el junco como un pájaro
  perseguido en su vuelo por el aire sutil del desamparo.
La transparencia del agua
 refleja la conciencia herida del tiempo.
Se sumerge hasta el fondo. Allí se precipitan
los sueños. El sedimento turbio
que nos deshabita. 

Miguel Cobo Rosa

miércoles, 9 de enero de 2013

una casa de palabras...


Julio es una larga cuerda con cara de luna. La luna tiene ojos de estupor y melancolía. Así lo estoy viendo en la penumbra del entresueño, mientras desato las pestañas. Así lo voy viendo y lo voy escuchando, porque Julio está sentado junto a la cama donde despierto y suavemente me cuenta los sueños que yo acabo de soñar y que ya no recuerdo o creo que no recuerdo. Esto he sentido desde que leí sus cosas por primera vez, hace más de veinte años, y yo siempre con ganas de entregarle sueños a cambio de los que él me devolvía. Nunca pude. No valen la pena los pocos sueños míos que consigo recordar al fin de cada noche. Ahora Helena me ha dado los suyos, para que yo se los dé a Julio. El sueño de la casa de las palabras, por ejemplo. Allí acudían los poetas a mezclar y probar palabras. En frascos de vidrio estaban guardadas las palabras, y cada una tenía un color, un olor y un sabor y cada una sonaba y quería ser tocada. Los poetas elegían y combinaban, buscando tonalidades y melodías, y se acercaban a la nariz las frases que iban formando, y las probaban con el dedo: “Esta precisa más aroma de lluvia”, decía Juan, y Ernesto decía: “A esta le sobra sal”. La casa de las palabras se parecía mucho a la casa de Rosalía de Castro, en Galicia; y quizá era. Los árboles se metían por las ventanas. O, pongamos por caso, el sueño de la mesa de los colores. Estábamos todos en ese sueño, todos los amigos sentados en torno de una mesa, y también la multitud de “extras” que trabajan en cualquier sueño que se respete. En las fuentes y en los platos había comida, pero sobre todo había colores: cada cual se servía alguna alegría en la boca y también se servía algún color, el color que le hacía falta, y el color entraba por los ojos: amarillo limón o azul de mar serena, rojo humeante o rojo lacre o rojo vino. Una vez, Helena soñó que sus sueños se marchaban de viaje y ella iba hasta la estación del tren a despedirlos y por ahí andaba entreverado, no sé cómo, el Chacho Peñaloza queriendo irse a Beirut. Y otra vez, hace poco, soñó que se había dejado los sueños en Mallorca, en casa de Claribel y Bud. En pleno sueño sonaba el teléfono y era Claribel llamando desde el pueblo de Dejá. Claribel decía que Helena se había olvidado un montón de sueños en su casa y que ella los había guardado, atados con una cinta, y que sus nietos querían ponérselos y ella les decía: “Eso no se toca”. ¿Qué hago con tus sueños? – pregunta Claribel en el sueño. Dáselos a Julio – le sugerí yo, después, mientras el cafecito nos abría, de a poco, las puertas del día; y Helena estuvo de acuerdo.

lunes, 19 de marzo de 2012

hasta la última gota de nuestros sueños...

Existe en el corazón de América un refugio humano abrazado a tres cordilleras, arrullado por exuberantes valles, frondosas selvas, y bañado por dos océanos. Manantiales y caudalosos ríos convierten las tierras en prodigios de fertilidad, culminando al sur en la Amazonía: lo que convierte a Colombia en objeto de grandes codicias. Y desde ahí empieza el martirio de un pueblo: desde la cartografía de la codicia de un puñado. Colombia, a pesar de tenerlo todo para hacer posible la vida digna de la totalidad de sus 48 millones de habitantes, padece una élite continuadora de la violencia colonial, que se atornilla en el poder local ofertando las riquezas del país al poder transnacional, condenando al pueblo a una sangrienta historia de despojos... Hemos sido sometidos al terror que configura el latifundio a favor del gran capital transnacional, en detrimento de nuestras condiciones de sobrevivencia y dignidad, en detrimento de la soberanía alimentaria, y de la paz. Masacres, bombardeos, aspersiones y envenenamientos del suelo y del agua, preceden nuestras enlutadas marchas de destierro forzado. Nosotros los campesinos, los afrodescendientes, los indígenas que hemos intentado vivir en los suelos de nuestros ancestros, hemos sido exiliados... Hacemos un llamado a la opinión pública internacional para que se solidarice con el pueblo colombiano, y lo acompañe en un proceso de negociación política del conflicto social y armado... En el corazón de América, al son de tambores, de gaitas, acordeones, el alma de un pueblo danza; custodia en la policromía de su piel milenios de historia; guarda recónditos saberes susurrados por las selvas. Un pueblo llora sobre las tumbas desparramadas en su latitud silente. Latiendo está Colombia con una geografía repleta de cantarinas cascadas, de multitud de verdes; se enrisca, se extiende, se oculta selvática, se asoma abisal y oceánica; nada en ella es avaricia, es toda abundancia; su pueblo clama por vivir dignamente en el paraíso que unos pocos pretenden atesorar: ¡Por la paz, hasta la última gota de nuestros sueños!
Fuente: tlaxcala