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sábado, 26 de diciembre de 2015

cuatro caminos, madrid



Cuenta mi padre que, en su infancia de posguerra, tenía un juego con sus amigos cuando pasaban delante de una pastelería: ser el primero en decir “me lo pido” sobre el mejor pastel del escaparate. Dice que aún recuerda esa sensación de consuelo cuando conseguía adelantarse y pedir el croissant con más chocolate, la porción de tarta más grande o el bollo con más crema. Ese inocente “me lo pido” era como ganarle un bocado a la miseria.


sábado, 2 de agosto de 2014

latiendo en la sangre…


Está detenida en el umbral de las preguntas. No se responde. Sólo yo que estoy aquí, oculta, puedo soñar, vislumbrar conjunciones, caminos que se bifurcan. Sólo yo siento los imperativos de la herencia, mientras ella intuye vuelcos en su corazón, sin poder nombrarlos. Los españoles decían haber descubierto un nuevo mundo. Pero nuestro mundo no era nuevo para nosotros. Muchas generaciones habían florecido en estas tierras desde que nuestros antepasados, adoradores de Tamagastad y Cippatoval, se asentaron. Éramos nahuatls, pero hablábamos también chorotego y la lengua niquirana; sabíamos medir el movimiento de los astros, escribir sobre tiras de cuero de venado; cultivábamos la tierra, vivíamos en grandes asentamientos a la orilla de los lagos; cazábamos, hilábamos, teníamos escuelas y fiestas sagradas. ¿Quién podrá saber cómo sería ahora todo este territorio si no se hubiera dado muerte a chorotegas, caribes, dinones, niquiranos...? Los españoles decían que debían "civilizarnos", hacernos abandonar la "barbarie". Pero ellos, con barbarie nos dominaron, nos despoblaron. En pocos años hicieron más sacrificios humanos de los que jamás hiciéramos nosotros en la historia de nuestras festividades. Este país era el más poblado. Y, sin embargo, en los veinte y cinco años que viví, se fue quedando sin hombres; los mandaron en grandes barcos a construir una lejana ciudad que llamaban Lima; los mataron, los perros los despedazaron, los colgaron de los árboles, les cortaron la cabeza, los fusilaron, los bautizaron, prostituyeron a nuestras mujeres. Nos trajeron un dios extraño que no conocía nuestra historia, nuestros orígenes y quería que lo adoráramos como nosotros no sabíamos hacerlo. ¿Y de todo eso, qué de bueno quedó?, me pregunto. Los hombres siguen huyendo. Hay gobernantes sanguinarios. Las carnes no dejan de ser desgarradas, se continúa guerreando. Nuestra herencia de tambores batientes ha de continuar latiendo en la sangre de estas generaciones. Es lo único de nosotros, Yarince, que permaneció: la resistencia.

jueves, 3 de julio de 2014

las razones del viajero…

Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.

Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin dudas ni banderas.

Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo, un camino de nubes.

Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.

Imagen: Silenzio a ore

lunes, 3 de marzo de 2014

las nubes que alientan mis poemas...

Pido misericordia por estar cansado
pido la paz de todos porque se merece
pido el agua que vierte su sed sobre las lunas
pido la mar donde se ahogan las dudas
pido una canción tan frágil como nubes
pido un refrán donde estén mis preguntas
pido las llaves que abren el mediodía
pido una llama que a la vileza queme

Pido, por pedir que no quede
pido las nubes que alientan mis poemas


Pido una casa donde arda una vela
pido el amor que alimenta las noches
pido el perdón aunque no se merezca,
pido abrir puertas a la lluvia celeste.

Fuente: cancioneros

domingo, 23 de febrero de 2014

música de cámara...


Sobre el rumor apagado de la gente que salía despacio de la sala hablando y saludándose sonaron las horas en el reloj de una iglesia cercana, y me dejé llevar por el eco de cada una de las campanadas, las diez, conté, las diez de la noche. Ella seguía sentada y ahora no podía desaparecer, yo mismo le cerraría el paso si lo intentara, y así más tranquilizado, me dejé envolver por la emoción que crecía al ritmo acelerado de las imágenes y recuerdos que su presencia convocaba, a través de las distintas voces y los poderosos relámpagos de la imaginación. Desde que se había ido dejándome a mí el peso de adivinar si lo había hecho empujada por el convencimiento de que ya no había salida para nosotros o movida por una inútil venganza contra todo y contra todos que yo sería el único en sufrir, quebrado por tanto desencuentro que me había dejado doblemente desconyuntado, me decía en mi desesperación que a la fuerza tendría que haber sido merecedor de por lo menos una explicación, una palabra, un adiós; y movido por un resentimiento que no fui capaz de modificar porque no veía más que el alcance de la desolación en que me había sumido su huida, me negué durante muchos años a rememorar una historia que, sin saberlo yo entonces, sería la que transformaría en el sentido más profundo mi pensamiento y mi vida. ¡Qué inútiles son nuestros propósitos cuando queremos anular lo que nos dio la vida, y qué lejos estamos de controlar nuestros sentimientos por más que durante años nos creamos los amos de nuestra voluntad! […] Ella se volvió hacia mí pero no pude descubrir lo que escondía su mirada, aunque poco importaba porque lo único que yo quería es que no desapareciera… Y sin embargo fue ella la que rompió el largo silencio, recuperadas la lucidez y la voluntad. Fue ella la que lentamente comenzó a preguntarse, a preguntarme qué hacíamos sentados los dos en ese lugar tras veinticinco años de separación -veinticuatro corrigió mi memoria-, como si hubiera algo más que decir a todo lo que había quedado dicho desde siempre.