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sábado, 26 de diciembre de 2015

cuatro caminos, madrid



Cuenta mi padre que, en su infancia de posguerra, tenía un juego con sus amigos cuando pasaban delante de una pastelería: ser el primero en decir “me lo pido” sobre el mejor pastel del escaparate. Dice que aún recuerda esa sensación de consuelo cuando conseguía adelantarse y pedir el croissant con más chocolate, la porción de tarta más grande o el bollo con más crema. Ese inocente “me lo pido” era como ganarle un bocado a la miseria.


martes, 6 de mayo de 2014

las voces del pamano…


El roce apenas se oyó. Fue como una caricia en la puerta. Se abrió silenciosamente, una mano enguantada retuvo el pomo por dentro para evitar el ruido y volvió a cerrarse con un suspiro inaudible. Una sombra se movía entre las sombras de la casa. Los ojos de Yuri, acostumbrados a la noche, la siguieron en silencio. El recién llegado entró en el estudio. La persiana estaba subida y maldijo de todo. Al otro lado del cristal, la nieve que había dejado un inesperado frente de aire polar enfriaba el paisaje como si fuera una tumba y redoblaba el silencio del panorama nocturno. No se oía ni el rumor del río. Prefirió no bajar la persiana, porque nadie, bajo ningún concepto, debería saber jamás que había entrado en esa casa esa noche.  Con un suspiro de fastidio, el recién llegado se sentó al ordenador, dejó la cartera en el suelo, al lado de la silla, y encendió el aparato… Yuri había seguido al intruso silenciosamente hasta el estudio y, más silencioso aún, lo observaba desde la puerta. El destello azulado de la pantalla llenó la estancia y el recién llegado deseó que la tenue y fría claridad no alcanzara la calle solitaria ni las otras habitaciones de la casa. Un post-it pegado a untado de la pantalla decía: “¡Buenos días! La comida está en el armario de encima de la nevera. ¡Gracias por todo!”. Sacó una caja de disquetes del bolsillo de la parca y, armado de paciencia, empezó a copiar archivos […] Encendió la linterna y la sujetó con la boca para tener las manos libres. Fue muy fácil vaciar las tres carpetas del archivador de la mesa que le interesaban. Eran papeles, fotografías y carpetas de informes. Lo guardó todo en la cartera y cerró el archivador… Antes de marcharse se le ocurrió mirar en todos los cajones, por si acaso. Papeles en blanco, libretas, cuadernos escolares. Y una caja. Al abrirla, el sudor le inundó la frente de golpe. Le pareció oír un suspiro de pena en el extremo opuesto de la vivienda. Cerró la puerta de la casa sabiendo que no dejaba rastro alguno de su paso, que había tardado poco más de quince minutos en hacer su trabajo y que, cuando más lejos le sorprendiera la aurora, tanto mejor. No bien se quedó solo, Yuri entró en el oscuro estudio. Parecía que todo estaba como siempre, pero él tenía una angustia por dentro, una insólita sensación de no haber estado a la altura de las circunstancias.

 

domingo, 23 de febrero de 2014

música de cámara...


Sobre el rumor apagado de la gente que salía despacio de la sala hablando y saludándose sonaron las horas en el reloj de una iglesia cercana, y me dejé llevar por el eco de cada una de las campanadas, las diez, conté, las diez de la noche. Ella seguía sentada y ahora no podía desaparecer, yo mismo le cerraría el paso si lo intentara, y así más tranquilizado, me dejé envolver por la emoción que crecía al ritmo acelerado de las imágenes y recuerdos que su presencia convocaba, a través de las distintas voces y los poderosos relámpagos de la imaginación. Desde que se había ido dejándome a mí el peso de adivinar si lo había hecho empujada por el convencimiento de que ya no había salida para nosotros o movida por una inútil venganza contra todo y contra todos que yo sería el único en sufrir, quebrado por tanto desencuentro que me había dejado doblemente desconyuntado, me decía en mi desesperación que a la fuerza tendría que haber sido merecedor de por lo menos una explicación, una palabra, un adiós; y movido por un resentimiento que no fui capaz de modificar porque no veía más que el alcance de la desolación en que me había sumido su huida, me negué durante muchos años a rememorar una historia que, sin saberlo yo entonces, sería la que transformaría en el sentido más profundo mi pensamiento y mi vida. ¡Qué inútiles son nuestros propósitos cuando queremos anular lo que nos dio la vida, y qué lejos estamos de controlar nuestros sentimientos por más que durante años nos creamos los amos de nuestra voluntad! […] Ella se volvió hacia mí pero no pude descubrir lo que escondía su mirada, aunque poco importaba porque lo único que yo quería es que no desapareciera… Y sin embargo fue ella la que rompió el largo silencio, recuperadas la lucidez y la voluntad. Fue ella la que lentamente comenzó a preguntarse, a preguntarme qué hacíamos sentados los dos en ese lugar tras veinticinco años de separación -veinticuatro corrigió mi memoria-, como si hubiera algo más que decir a todo lo que había quedado dicho desde siempre.