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domingo, 3 de noviembre de 2013

las escolleras de Abelhak…


Abdelhak se mueve por las escolleras del puerto de la ciudad con la esperanza de meterse entre las ruedas de un camión y embarcar a la península. Le acompañan una veintena de otros chavales de entre 11 y 21 años. Se niega a ir al centro de menores de Melilla porque dice que no es bien recibido, incluso afirma que una vez, hace dos semanas, lo llevaron en coche a Marruecos y que otras veces “lo  invitan a irse al puerto y coger un barco”. Esto lo dice con una sonrisa franca, sin darle demasiada importancia. Como tampoco se la da cuando nos cuenta cómo la policía marroquí le daba palizas cuando lo cogían en el puerto de Beni Enzar o cómo lo maltrataban en casa, y tantas otras cosas. Esta historia se repite de modo similar una veintena de veces en las escolleras del puerto de Melilla, cientos de veces si consideramos un espacio de tiempo de un año, miles de veces si consideramos un periodo de tiempo mayor… Cada noche un grupo más o menos numeroso se decide a probar suerte y se lanzan al recinto portuario desde los 8 metros de altura de las escolleras. De madrugada algunos vuelven destrozados, sucios, cansados, te dicen que no ha habido suerte ese día, pero casi con la misma sonrisa que Adelhak afirman que la próxima noche lo volverán a intentar. Otros no vuelven y nadie sabe qué ha podido pasar con ellos: si lograron su objetivo, si están detenidos, si los han expulsado a Marruecos o algo peor. Las más de las veces no volverán a saber de ellos y tal vez por eso no se habla mucho del tema. Si preguntas la respuesta es “cada uno tiene su suerte”. La aparente indolencia ante situaciones tan dramáticas es solo un resorte necesario para sobrevivir. Los brazos llenos de cicatrices de Abdelhak son como un libro donde va escribiendo su vida… Las penas que esconde detrás de su eterna sonrisa. Cada marca es un recuerdo doloroso que no quiere olvidar. Con diez años ya no le caben más penas en sus brazos y a pesar de ello sigue buscando un sitio donde descansar y crecer como un niño normal. 
José Palazón- Prodein 

domingo, 28 de abril de 2013

sabiduría de tierra...


Vivimos en una nube tóxica de fábricas de humo y de palabras cargadas de balas. ¡Pum! Un balazo por la espalda. Actores y actrices de un mundo egoísta que eligen siempre la bolsa en el duelo con la vida. El mundo del poderoso caballero que parece vencer en todas las Cruzadas. El vil metal, que cantaba Serrat. Con él nos creemos plenos. ¡Qué idiotas, qué pobres! He tenido la suerte de escapar un par de días a la provincia de Tan Son, una de las zonas más pobres de Vietnam en la que se desarrolla uno de los proyectos de cooperación en los que trabaja la ONG de Lucía. Era domingo e inauguraban una presa. Una presa que es una cucharada que alimenta las esperanzas de una mejor cosecha de arroz, de un mejor abastecimiento para el riego. Una presa para mejorar la calidad de los cultivos. Para crecer, para comer. Los lugareños estaban felices. No entendía sus palabras, pero es precioso y, sobre todo, es raro, rarísimo ver la sonrisa de un niño en rostros adultos. Pues eso es lo que vi. Muchas sonrisas regadas de sabiduría de tierra y campo aliñadas con ingenuidad, inocencia y generosidad de niño. Comimos con ellos sentados en círculos en el suelo. Una comida abundante y generosa. Los que menos tienen, ofreciéndotelo todo. Me acordaba entonces de la nube tóxica. ¡Qué idiotas, qué pobres! Y comimos, y bebimos, y cantamos, y brindamos, y bebimos, bebimos, bebimos. Y me sentí parte de ellos. Me miré a mí mismo y la vi. Estaba ahí, en mí. Esa sonrisa ingenua, inocente y generosa. Era rico.