Mostrando entradas con la etiqueta Alfon Cobo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alfon Cobo. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de agosto de 2013

un claro de luna…

Maldigo.
Maldigo la palabra bomba
maldigo la palabra guerra
maldigo la palabra justicia
cuando no es justicia
maldigo la prostitución
de palabras e inocentes
maldigo la palabra silencio
si hablar es preciso
maldigo la palabra
si el silencio llama.
Maldigo no encontrar el final
de la conjugación de maldigo.

Lamento.
Lamento Siria
lamento Egipto
lamento Somalia
lamento Haití
lamento Irak
lamento esta lista incompleta
que no abandona el etcétera,
lamento los puntos suspensivos
del olvido.
Lamento no encontrar el final
de la conjugación de lamento.

Siento.
Siento repugnancia
siento asco
siento escalofríos
siento impotencia
siento repugnancia
por nuestra impotencia
por nuestra (in)capacidad de reacción
siento no encontrar el final
de la conjugación de siento.

Me entristece.
Me entristece la herida
me entristece lo ingrato
me entristece la cobardía
me entristece nuestra cobardía
me entristece la complicidad
de una boca callada
me entristece el lado salvaje
del capitalismo
me entristece no encontrar el final
de la conjugación de me entristece.

Pienso.
Pienso que cualquier persona
debería tener la oportunidad
de ver un claro de luna.
Alfon Cobo

domingo, 28 de abril de 2013

sabiduría de tierra...


Vivimos en una nube tóxica de fábricas de humo y de palabras cargadas de balas. ¡Pum! Un balazo por la espalda. Actores y actrices de un mundo egoísta que eligen siempre la bolsa en el duelo con la vida. El mundo del poderoso caballero que parece vencer en todas las Cruzadas. El vil metal, que cantaba Serrat. Con él nos creemos plenos. ¡Qué idiotas, qué pobres! He tenido la suerte de escapar un par de días a la provincia de Tan Son, una de las zonas más pobres de Vietnam en la que se desarrolla uno de los proyectos de cooperación en los que trabaja la ONG de Lucía. Era domingo e inauguraban una presa. Una presa que es una cucharada que alimenta las esperanzas de una mejor cosecha de arroz, de un mejor abastecimiento para el riego. Una presa para mejorar la calidad de los cultivos. Para crecer, para comer. Los lugareños estaban felices. No entendía sus palabras, pero es precioso y, sobre todo, es raro, rarísimo ver la sonrisa de un niño en rostros adultos. Pues eso es lo que vi. Muchas sonrisas regadas de sabiduría de tierra y campo aliñadas con ingenuidad, inocencia y generosidad de niño. Comimos con ellos sentados en círculos en el suelo. Una comida abundante y generosa. Los que menos tienen, ofreciéndotelo todo. Me acordaba entonces de la nube tóxica. ¡Qué idiotas, qué pobres! Y comimos, y bebimos, y cantamos, y brindamos, y bebimos, bebimos, bebimos. Y me sentí parte de ellos. Me miré a mí mismo y la vi. Estaba ahí, en mí. Esa sonrisa ingenua, inocente y generosa. Era rico.