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domingo, 18 de octubre de 2015

espumas...



No estaré nunca más en los cafés amados,
ni buscaré tu sombra en las húmedas calles,
ni podrás encontrarme al final de la noche. 
Allá donde la vida empezaba contigo.
 
El mundo será ese lugar para el recuerdo,
el destino que nunca viviste a mi costado,
la palabra perdida, el espacio vacío
donde buscar el nombre sin nombre de las cosas.
 
Y si tú aparecieras cuando el dolor te hiere,
cuando tiene la noche la soledad perdida
y baila en las paredes el agua derramada,
te estaré yo esperando con mis manos de arena.
 
Para saber entonces que los días más negros
siempre guardan el hueco de tu piel y tu boca.
En las playas del mundo estaré como espuma,
esa espuma que fuimos. La espuma de los cuerpos.
 

martes, 18 de marzo de 2014

la vida...


Estas cosas, amigo, aunque nos cueste,
son, sin duda, las reglas de la vida.
Yo puedo recordar, sin ir más lejos,
su sonrisa radiante cuando ella
llegaba a nuestra cita. Y sin esfuerzo
sentir aún sus labios como el vino,
y sus manos abriendo mi camisa.

Y el aliento quemándome los labios,
su voz de mar, el tierno sobresalto
de sus piernas abiertas a mi carne.
Puedo, incluso, volver a estremecerme
en la espesa batalla de los cuerpos,
y oír su corazón como si fuera
el mágico rumor de mil tormentas.

Está todo en mis venas. Si me apuras,
podría sin esfuerzo revivirme
en cada una de todas sus palabras,
revivir el cansancio de la carne,
tras el amor. Contarte como eran
las gotas de sudor entre sus pechos,
y la humedad del pubis en mi boca.

Y sin embargo, ¿qué quieres que te diga?
El tiempo vence a todo. Nos derrota
sin compasión, terrible y brutalmente.
Porque un día la encuentras en la calle,
te besa fugazmente la mejilla,
y sonríe –“me esperan”- y se marcha.

 Imagen: Cultura inquieta

domingo, 12 de enero de 2014

la blancura de la ballena...


Releo Moby Dick. Persigo la ballena
en los mares de este Madrid que sufre
la tormenta del siglo. No hay arpones
capaces de alcanzarla y de vencerla.

Inútil es la caza del leviatán en esta
hora de la desolación y de la muerte.
Ahab viaja a mi lado. Y su locura
me arrastra hasta el abismo de tus ojos.

Me ciega la blancura de la ballena blanca,
el afán de encontrarme con la bestia.
De volver a vivir en el Pequod soñado
de tu cuerpo de espuma y de navegaciones.

Lo mismo que Ismael, pacientemente,
oteo el horizonte y te busco en los mares
de las calles cercanas cuando tu boca era
el naufragio de todos mis gloriosos fracasos.

Y muero por gritar: “mirad: por allí sopla”.

Imagen: Manuel Cuesta