viernes, 8 de enero de 2016

los besos en el pan...

En el Madrid de mediados del siglo xx, donde un abrigo era un lujo que no estaba al alcance de las muchachas de servicio ni de los jornaleros que paseaban por las calles para hacer tiempo, mientras esperaban la hora de subirse al tren que lo llevaría muy lejos, a la vendimia francesa o a una fábrica alemana. La pobreza seguía siendo un destino familiar, la única herencia que muchos padres podían legar a sus hijos. Y sin embargo, en ese patrimonio había algo más, una riqueza que los españoles de hoy hemos perdido.
Por eso los mayores tienen menos miedo. Ellos hacen memoria de su juventud y lo recuerdan todo, el frío, los mutilados que pedían limosna por la calle, los silencios, el nerviosismo que se apoderaba de sus padres si se cruzaban por la acera con un policía, y una vieja costumbre ya olvidada, que no supieron o no quisieron transmitir a sus hijos. Cuando se caía un trozo de pan al suelo, los adultos obligaban a los niños a recogerlo y a darle un beso antes de devolverlo a la panera, tanta hambre habían pasado sus familias en aquellos años en los que murieron todas esas personas queridas cuyas historias nadie quiso contarles.
Los niños que aprendimos a besar el pan hacemos memoria de nuestra infancia y recordamos la herencia de un hambre desconocida ya para nosotros, esas tortillas francesas tan asquerosas que hacían nuestras abuelas para no desperdiciar el huevo batido que sobraba de rebozar el pescado. Pero no recordamos la tristeza.
La rabia sí, las mandíbulas apretadas, como talladas en piedra, de algunos hombres, algunas mujeres que en una sola vida habían acumulado desgracias suficientes  como para hundirse seis veces, y que sin embargo seguían de pie. Porque en España, hasta hace treinta años, lo hijos heredaban la pobreza, pero también la dignidad de sus padres, una manera de ser pobres sin sentirse humillados, sin dejar de ser dignos ni de luchar por el futuro. Vivían en un país donde la pobreza no era un motivo para avergonzarse, mucho menos para darse por vencido […] No hace tanto tiempo, en este mismo barrio, la felicidad era también una manera de resistir.


sábado, 26 de diciembre de 2015

cuatro caminos, madrid



Cuenta mi padre que, en su infancia de posguerra, tenía un juego con sus amigos cuando pasaban delante de una pastelería: ser el primero en decir “me lo pido” sobre el mejor pastel del escaparate. Dice que aún recuerda esa sensación de consuelo cuando conseguía adelantarse y pedir el croissant con más chocolate, la porción de tarta más grande o el bollo con más crema. Ese inocente “me lo pido” era como ganarle un bocado a la miseria.


sábado, 28 de noviembre de 2015

el amor armado...



Te mentiría si te dijera que fui consciente entonces de lo que vendría después […] Y había sin embargo algo trascendental, vital, que me anunciaba que iba a dar un paso definitivo. Solo ahora me doy cuenta de hasta qué punto lo fue y cómo, más allá de marcar mi vida, la transformó definitivamente. Todo lo que soy ni seré nunca se explica por este viaje inacabado.

Esa ha sido mi vida, una mezcla constante de sentimientos, apasionados las más de las veces… No estuvo mal descubrir lo bien que se siente uno siendo útil y viviendo la aventura más allá de lo soñado. Eso sí, te lo confieso, volví herido de mi última batalla. Y aún estoy llorando a mis muertos y lamiendo mis heridas. Es difícil mantener el amor en la batalla… Y ahora, con una cierta distancia temporal y física del horror vivido, Bosnia me arrastra y me lastima, y me cuesta evitar hablarte desde mis heridas no cicatrizadas, abiertas y sangrantes.
 


Estoy seguro de encontrarte en cualquier esquina,
aportando tu energía y en el mismo inmenso bando,
el bando del amor armado.

(de “El amor armado”)
Imagen: Carey Nash